Rita era una mujer que había nacido con el talento para lastimar a la gente. Se dió cuenta de ello en la adolescencia y ésta es la única razón (única, pero lacerante y suficiente) para que ella tomara la determinación de no crear vínculos afectivos de ninguna especie con nadie.
Comenzó a vivir sola desde los 16 años. Y tras su partida, su madre lloró desconsoladamente durante semanas enteras.
Rita se fué dejando la puerta cerrada. Signo inequívoco de que no tenía planeado volver.
"Éste es el último dolor que le causo", fueron las palabras que Rita se bebió a sorbos para tratar de consolarse.
Se instaló en un cuarto falto de toda iluminación y ubicado en un edificio que se caía a pedazos. Rita -mujer extremadamente meticulosa- había seleccionado su lugar de residencia con toda la intención.
Había calculado que viviendo ella en semejante embrolladero, visitarla no sería grato para nadie.
Cursaba el segundo semestre de la Preparatoria a menos de media hora de su nuevo hogar y por las tardes, era mesera en una fonda a menos de cuarenta minutos de su escuela.
Procuraba no hablar y no miraba a los ojos de nadie. Sus expresiones diarias se limitaban a lo estrictamente necesario para tomar y entregar órdenes en la fonda.
Entregaba todas su tareas a tiempo y nunca participaba en clase a menos de que se viera obligada, lo cual, no sucedía con mucha frecuencia.
Rita guardaba en la mirada su enorme secreto: Había nacido con el talento para lastimar a la gente.
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