sábado, 2 de julio de 2011

El minero

Elías nació en una familia que durante incontables generaciones se había dedicado a la minería. Nació y desde ese preciso momento, todos a su alrededor supieron que él también rendiría su vida a las minas.
Al tener suficiente edad, el mismo Elías entendió cual era su destino y lo aceptó con la benevolencia de un cordero.

El día en que cumplió 11 años y tras haber desayunado; su madre le observó desde la cocina y se acercó lentamente a él sosteniendo entre las manos el paño percudido que le servía para limpiar lo mismo que leche derramada sobre la mesa, tizne de entre paredes y sartenes, que lágrimas y sangre pálida de pequeñas heridas...
Le tomó por los hombros y le dijo "Hoy es tu primer día Elías, hazlo bien y aprende mucho".
Elías le sonrió a su madre desde la puerta y tomó camino junto con su padre, sus tíos y primos hacia "La primorosa", la mina a la que a partir de ese momento, dedicaría su vida.

Aprendió rápido y muy pronto tuvo que tomar el papel de maestro frente a sus hermanos y primos menores. "Lo más importante es nunca olvidar que así como depende nuestra existencia de "La primorosa", su vigencia como mina, depende de nosotros". Elías se tomaba lo de ser minero muy en serio y durante 20 años no hizo otra cosa más que alimentar un gran amor por "La primorosa".

Aún incluso cuando sus hermanos y primos habían decidido trabajar en otras minas, donde la paga era mejor y el esfuerzo mucho menor, Elías continuó en la mina que lo había visto crecer.
Su padre y sus tíos habían envejecido y al parecer, "La primorosa" lo había hecho junto con ellos.

Con el pasar de los años, llegó el momento en el que nadie, además de Elías, trabajaba en "La primorosa".
"Deja ya esa vieja mina hijo, se te va a venir encima un día de éstos". Pero a pesar de las palabras de su padre, Elías estaba convencido de que "La primorosa" todavía tenía mucho que ofrecer y que él podía levantarla.

Ciertamente "La primorosa" ya resultaba peligrosa y mucho se había hablado acerca de poner dinamita en algunos puntos para volver a habilitarla, pero con el auge de otras minas, nadie se ocupaba realmente de hacer algo.
Pronto, (más pronto de lo previsto) Elías dejó de ser el joven fuerte y musculoso que había sido, y como era de esperarse, el cansancio de los años, se encargó de apagar el entusiasmo que sentía por ver una vez más a "La primorosa" en todo su esplendor. Sin embargo, ésta nueva renunciación no le alcanzaba como motivo suficiente para abandonar la mina y aún en sus últimos días, Elías caminaba el mismo sendero que había recorrido durante 50 años y permanecía a las puertas de la mina que el gobernador ya había mandado clausurar por motivos de seguridad.

....

Elías murió convencido de que lo mejor, lo había vivido en "La primorosa" y que en torno a ella, había girado su entera existencia.
Nunca trabajó en otras minas y tampoco hizo falta, aún cuando "La primorosa" ya no producía, Elías tenía lo suficiente para vivir decorosamente y nunca le hizo falta el alimento. Sabía bien que trabajando en otras minas, podría haberse costeado una mejor vivienda y uno que otro viaje a la ciudad pero se contentaba con lo que "La primorosa" le daba.

No queda nada de Elías, nunca tuvo hijos y tampoco se casó. No queda nada de él más que esta historia y el pedazo de madera carcomida con la leyenda "No pase" a las puertas de "La primorosa".