lunes, 29 de agosto de 2011

La media mudanza

Cecilia había sido admitida en la universidad de Aguascalientes, su sueño recurrente desde que estudiaba la secundaria y su obsesión desde que comenzó la preparatoria.
Su madre le repitió hasta el cansancio que era absurdo querer irse tan lejos de casa teniendo
muchas buenas universidades en Saltillo y en realidad, nadie entendía las razones que Cecilia tenía -y que nunca se molestó siquiera en compartir- para irse a otra ciudad, a otro estado, con otras personas a estudiar algo que bien podría estudiar en el plantel #3 de la universidad estatal que le quedaba a menos de 10 minutos caminando.

Un mes antes de que Cecilia comenzara el semestre en su nueva escuela, viajó junto con sus padres a la que sería su nueva ciudad para encontrar un sitio que estuviera en renta y que no quedara muy distante de la universidad.
Después de algunas horas de búsqueda dieron por fin con un pequeño departamento que resultaba lo suficientemente espacioso para una sola persona, estaba a media hora en autobús de la universidad y a tres cuadras tenía un mercado y un centro comercial.
Sus padres le enviarían dinero durante 2 meses y después ella tendría que buscar un empleo de medio tiempo para solventar sus gastos, ese había sido el trato.
Tras rentar el departamento y comprar algunas cosas necesarias, los 3 volvieron a Saltillo donde a partir de ese momento, Cecilia se dedicó a despedirse de la familia y los amigos.
No estaba ni más contenta ni más triste de lo que pudiera estar cualquiera y todos opinaban al respecto, algunos decían que estaba pretendiendo "hacerse la fuerte", otros se limitaban a pensar que ella realmente quería irse y por ello era que no se le miraba excesivamente triste. La verdad solo la sabía Cecilia.

Llegó el día del viaje y Cecilia se despidió de sus padres y algunos amigos que habían ido a despedirla a la central de autobuses, besó y abrazó a cada uno de ellos tomando interminables fotos. Camino a Aguascalientes no pudo más que dormir y llorar un poco mientras escuchaba música o leía.

La nueva ciudad y la nueva Universidad le iban bien, se sentía parte de los lugares y había logrado fuertes amistades con sus compañeros de clase y uno que otro vecino; compartía todo lo nuevo con sus padres y sus amigos en al menos tres llamadas semanales.

Cecilia viajaba a casa cada vez que la escuela y el trabajo se lo permitían y en cada ocasión dejaba en Aguascalientes una parte de sí misma que se negaba a emprender el viaje de vuelta a "casa" con el resto de su persona.
Su familia seguía siendo su familia, sus amigos (los que de verdad lo eran) seguían siéndolo y sus lugares seguían siendo sus lugares. Todo le era familiar en Saltillo, en su casa, pero no así para esa nueva parte de sí misma que había nacido y se había criado en Aguascalientes, la Cecilia que gustaba por tomar café a las 6 de la tarde para después fumar un cigarro o dos no encontraba compañía fuera de Aguascalientes.
Mucho menos encontraba quien le debatiera sobre política y reformas sociales...

Estando en Saltillo, Cecilia extrañaba estar en Aguascalientes y viceversa. Extrañaba personas, comidas, lugares y momentos de ambas ciudades.
Nunca terminó de mudarse por completo, y cada vez que volvía a Saltillo, comprobaba que tampoco viajaba por completo.
En algún punto de sus viajes durante la carrera, Cecilia quedó suspendida en el tiempo y el espacio a la mitad de ambas ciudades y nunca pudo terminar de construir el puente para cruzar con toda ella de un lugar a otro...


"Hay distancias que ni haciendo un viaje desaparecen."

Por: @crayoliiita (Severus Snape)

sábado, 2 de julio de 2011

El minero

Elías nació en una familia que durante incontables generaciones se había dedicado a la minería. Nació y desde ese preciso momento, todos a su alrededor supieron que él también rendiría su vida a las minas.
Al tener suficiente edad, el mismo Elías entendió cual era su destino y lo aceptó con la benevolencia de un cordero.

El día en que cumplió 11 años y tras haber desayunado; su madre le observó desde la cocina y se acercó lentamente a él sosteniendo entre las manos el paño percudido que le servía para limpiar lo mismo que leche derramada sobre la mesa, tizne de entre paredes y sartenes, que lágrimas y sangre pálida de pequeñas heridas...
Le tomó por los hombros y le dijo "Hoy es tu primer día Elías, hazlo bien y aprende mucho".
Elías le sonrió a su madre desde la puerta y tomó camino junto con su padre, sus tíos y primos hacia "La primorosa", la mina a la que a partir de ese momento, dedicaría su vida.

Aprendió rápido y muy pronto tuvo que tomar el papel de maestro frente a sus hermanos y primos menores. "Lo más importante es nunca olvidar que así como depende nuestra existencia de "La primorosa", su vigencia como mina, depende de nosotros". Elías se tomaba lo de ser minero muy en serio y durante 20 años no hizo otra cosa más que alimentar un gran amor por "La primorosa".

Aún incluso cuando sus hermanos y primos habían decidido trabajar en otras minas, donde la paga era mejor y el esfuerzo mucho menor, Elías continuó en la mina que lo había visto crecer.
Su padre y sus tíos habían envejecido y al parecer, "La primorosa" lo había hecho junto con ellos.

Con el pasar de los años, llegó el momento en el que nadie, además de Elías, trabajaba en "La primorosa".
"Deja ya esa vieja mina hijo, se te va a venir encima un día de éstos". Pero a pesar de las palabras de su padre, Elías estaba convencido de que "La primorosa" todavía tenía mucho que ofrecer y que él podía levantarla.

Ciertamente "La primorosa" ya resultaba peligrosa y mucho se había hablado acerca de poner dinamita en algunos puntos para volver a habilitarla, pero con el auge de otras minas, nadie se ocupaba realmente de hacer algo.
Pronto, (más pronto de lo previsto) Elías dejó de ser el joven fuerte y musculoso que había sido, y como era de esperarse, el cansancio de los años, se encargó de apagar el entusiasmo que sentía por ver una vez más a "La primorosa" en todo su esplendor. Sin embargo, ésta nueva renunciación no le alcanzaba como motivo suficiente para abandonar la mina y aún en sus últimos días, Elías caminaba el mismo sendero que había recorrido durante 50 años y permanecía a las puertas de la mina que el gobernador ya había mandado clausurar por motivos de seguridad.

....

Elías murió convencido de que lo mejor, lo había vivido en "La primorosa" y que en torno a ella, había girado su entera existencia.
Nunca trabajó en otras minas y tampoco hizo falta, aún cuando "La primorosa" ya no producía, Elías tenía lo suficiente para vivir decorosamente y nunca le hizo falta el alimento. Sabía bien que trabajando en otras minas, podría haberse costeado una mejor vivienda y uno que otro viaje a la ciudad pero se contentaba con lo que "La primorosa" le daba.

No queda nada de Elías, nunca tuvo hijos y tampoco se casó. No queda nada de él más que esta historia y el pedazo de madera carcomida con la leyenda "No pase" a las puertas de "La primorosa".

miércoles, 15 de junio de 2011

El último disparo


-¡Tú mismo no eres más que una manifestación de la verdadera bestia! ¡Del problema!. Una manifestación o un detonante, ya no sé...Pero no eres la bestia en forma-

Lirio lo había intentado todo para deshacerse del monstruo creciente que la perseguía desde 6 meses atrás.
Al principio le parecía divertido y hasta gracioso, era pequeño y apenas se hacía notar. Lirio no podía imaginar que aquello realmente representara un peligro. Se acostumbró muy rápido a la bestia y a su presencia y en los días en los que no se aparecía, Lirio se sentía extraña.
Tuvo incluso, la delicadeza de ponerle un nombre:

- No es una bestia...¡es Rale!-

Y todos sabemos que el comienzo para tomar cariño de algo, es ponerle un nombre.

El monstruo perseguidor creció con una velocidad inverosímil y comenzó a apropiarse de los espacios en la vida de Lirio; ella le reñía tratando de ceder terreno pero era débil y con sus propias manos nunca consiguió herirlo lo suficiente.

-Se irá por sí mismo, lo sé...Tarde o temprano lo hará- se consolaba Lirio...

Pero Rale nunca se fue, por el contrario, pasaron los meses y Lirio se dio cuenta con tristeza de que cada vez estaba más rodeada y de que había por todos lados algo que había salido del monstruo; Lirio tuvo que ocuparse de esas cosas, tratando de no descuidar las propias.
Rale creó y construyó de todo: personas que lo mantuvieran cerca de Lirio, libros, películas, problemas, conversaciones...Un sinfín de manifestaciones, como solía llamarlas Lirio.

-Mis manos no son suficientes- se dijo la chica un buen día y se hizo con una navaja que tenía el único propósito de acabar con el monstruo...con Rale.

La diminuta Lirio y la feroz bestia se enfrascaron en una batalla de la que ambos salieron heridos.
Lirio no tuvo éxito y encima, tuvo que deshacerse de la navaja con la que había herido a Rale por que la culpa la consumía...

-¿Qué me pasa? ¿Cómo fui capaz de una cosa así?- se repetía Lirio entre sollozos.

Rale sangraba sus heridas a propósito manchando las alfombras y dejando todo teñido de dolor. Se volvió más feroz después de aquella primera batalla y también más áspero y terrible.
Lirio dejó de intentar pelear con él y se encerró en sí misma. No quería ver a nadie y tampoco quería hacer nada. Todos y todo estaban llenos de Rale.
Había llegado la hora de deshacerse de él. De herirlo en serio y para siempre; la bestia no le daba más que tristezas.

-un revólver- se dijo Lirio -lo que necesito es un revólver-

Y tras guardar el arma bajo su almohada durante incontables noches, antier de madrugada, Lirio se despertó y buscó hasta encontrar a Rale que nunca dormía...No hizo más que mirarle con desprecio para acto seguido descargar el arma sobre la bestia que miraba todo con sorpresa y desdeño.

-¡¡¿Por qué no te mueres?!!- le reclamó Lirio

Pudo más el peso del revólver y las lágrimas. Lirio cayó de rodillas frente a la bestia que miraba con horror la escena. Destiñéndose de a poco y perdiendo poder pero sin morirse, sin siquiera sacudirse de dolor.
Lirio lo miró por última vez entre su llanto. Se sentó sobre sus talones y tomó el revólver con ambas manos.

-No puedo-Dijo. Se dijo. Le dijo a Rale -no puedo-

El cañón del arma quedó entre sus labios y sin pensarlo, Lirio disparó.

-un impacto en la bóveda palatina- dijo el forense.


"Disparar en defensa propia, a veces es dispararse a uno mismo"
Por: @pixidixidoo (Greñas)
Historia original de PVL